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Zaratustra no buscaba cadáveres en su camino, sino compañeros de viaje

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¡Libertad!¡Por siempre!

Publicado por caperucitaferoz en 23/09/2009

Tanto el título de este ensayo como las citas utilizadas en el mismo están inspirados en la película V de Vendetta y en las experiencias y reflexiones producidas por el atentado de la Universidad de Navarra el día 30 de octubre de 2008.

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“He visto con mis propios ojos el poder de las ideas. He visto a gente matar por ellas y morir por defenderlas. No se puede besar una idea, ni tocarla o cazarla; las ideas no sangran, no sufren, y tampoco aman. Pero yo no echo de menos una idea, echo de menos a un hombre”.

No es un argumento de autoridad, pero en el cine también hay filosofía. Al menos en algunas ocasiones. La verdad de esta frase es que las ideas son poderosas. Poderosas e inmortales.

Son los hombres los que mueren, las ideas nunca tuvieron vida, ¿cómo podría morir lo que nunca tuvo vida? Las ideas son, pero no son vidas. Ningún concepto tendrá jamás el valor de una vida. Y sin embargo, yo siempre he sido de esas soñadoras, de esas que afirman que morirían por una idea. Por una buena idea.

El problema viene cuando esa idea sustituye a la realidad. Las ideas no están en la realidad como tal. Están en las mentes de los hombres, en sus voluntades, pero no existe una idea como tal en la realidad. Por eso nunca ha de perderse . Somos realidad, y en ella vivimos. No se debe eludir. La sustitución de la realidad por la idea lleva al fanatismo. Hace que se pierdan las perspectivas, que se pierda la capacidad de percibir el valor y la importancia de las cosas. El valor y la importancia de una vida, por ejemplo, o de trescientas. El que puede matar por esa idea, es porque vive por y en esa idea, y no por y en la realidad.

Las ideas son poderosas, las ideas nos mueven a actuar. Pero, a la hora de la verdad, a la hora de emitir un juicio, de examinar las consecuencias de una acción, lo que importa no es la idea, es el hecho. No son las ideas las que se ven heridas por los atentados, por la violencia, son las personas. Las vidas reales.

No van a escucharnos, no están con nosotros, están con sus ideas. ¿Qué haremos nosotros si su idea es inmortal y ellos viven para ella? Aman su idea. Pero no la aman tan profundamente como ellos creen. El amor, el amor de verdad, es una fuerza ordenadora, constructiva. El amor pone en orden la vida, y es por el amor que el sacrificio adquiere sentido. El sacrificio no tiene razón de ser sin el amor, nadie da su vida por nada si no hay amor de por medio. El amor hace que valoremos algo más que la propia vida. Es por ese amor que podemos entregarnos. Antes he puntualizado, “viven por y en esa idea”, y precisamente lo he dicho así porque no viven por y para esa idea.

No entregan su vida porque no aman de verdad.

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Eufemismo y mentira

Publicado por caperucitaferoz en 26/08/2009

Aunque el principio básico del lenguaje es la transmisión de la verdad, y este principio también lo es para el lenguaje periodístico y el político, lo cierto es que en el ser humano existe la tendencia natural de salvaguardar la propia imagen y los propios intereses. Como he dicho, es natural querer el bien de uno mismo, sin embargo, se produce un conflicto ético cuando ese bien se persigue por medios no adecuados o cuando la preservación de nuestro bien contribuye a la destrucción del bien de otros.

La verdad es un bien para el hombre. Todos percibimos la mentira como mala cuando somos nosotros los engañados y no deseamos serlo. Por ello, ocultar la verdad es negar el bien para los hombres. La mentira, como el eufemismo, también es un medio para enmascarar la realidad y para salvaguardar los propios intereses y la propia imagen. No puede decirse que el eufemismo sea propiamente una mentira, pero sí comparte algo con ella. El no nombrar directamente la realidad intencionalmente es una forma de ocultar. El no nombrar la realidad, el ocultarla, también es fallar a la verdad, pues la mentira por omisión no deja de ser mentira.

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Sin embargo, el uso de eufemismos es, de algún modo, natural al hombre. Así, es fácil observar este uso en los niños. Nadie les ha enseñado qué es un eufemismo, ni han estudiado ninguna clase de teoría de manipulación del lenguaje, y sin embargo dirán que el jarrón “se ha roto” y no que ellos mismos “lo han roto”.

Nadie les ha instruido en la retórica, y sin embargo utilizan un mecanismo lingüístico para favorecer sus propios intereses. El deseo de evadir la culpa, la responsabilidad, es lo que lleva al niño a utilizar ese eufemismo. ¿Cómo puede el lenguaje ayudarles a borrar esa culpabilidad? Sin necesidad de ninguna clase teórica ni de ningún manual, los niños perciben la menor implicación del sujeto en una expresión que en otra. Evitan nombrarse a sí mismos en relación con aquel jarrón que “se ha roto”. La culpa parece más del jarrón que de ellos mismos.

En estos casos, los niños no suelen engañar a nadie, pero lo intentan. Y lo más curioso es que lo intentan sin pensarlo. No es su objetivo claro y primero el engañar o el manipular, pero saben que prefieren usar una expresión que otra para explicarse ante sus padres. Esta claro que aún no tienen la habilidad lingüística necesaria para convencer, pero naturalmente lo intentan. Naturalmente quieren conservar su bien y su imagen. Evitar el castigo y la responsabilidad de la acción.

Es muy curioso, cómo los niños descubren la mentira. Se asombran al principio, cuando la conocen por primera vez, pues no la comprenden. ¿Para qué querría alguien decir algo que no es verdad? Los niños comprenden, al principio, que la tarea del lenguaje es la transmisión de la verdad. Pero en seguida se mezclan los intereses. Las mentiras, los enmascaramientos, siempre son en función de otros intereses, más allá de la verdad. Pronto, los niños aprenden a mentir.

Y, al igual que no necesitan que les enseñen que mentir está mal, tampoco necesitan que les enseñen a mentir. Eso me lleva a preguntarme por la naturaleza humana: ¿Realmente, naturalmente, qué es lo que queremos? ¿Queremos la verdad?  Queremos la verdad de los demás para nosotros, está claro, pues no sentimos muy mal cuando se nos intenta engañar, pero cuando somos nosotros los que hemos de decirla, en muchas ocasiones preferimos evadirla. ¿Será que lo natural es quererse a uno mismo sobre todas las cosas?

No creo que esa sea nuestra naturaleza. Pero creo que estamos en nuestro propio cuerpo, y no en el de ningún otro. Estamos en nosotros mismos, y no queremos sufrir nada. Preferimos que el jarrón, inanimado, se lleve la culpa del asunto. El jarrón no lo va a sufrir. El asumir las culpas es algo difícil, que se aprende con el tiempo y la edad. Aunque algunos no llegan a aprenderlo nunca.

Eso que hacen los niños de echarle la culpa al jarrón, no tiene tanto delito. Es cierto que el jarrón no va a sufrir, y que seguramente el niño ha tirado el jarrón accidentalmente, y para expresar esa inocencia, pues no fue algo intencionado, dice que el jarrón “se ha roto”. Sin embargo, el problema viene de la mano de esas personas que no han aprendido a asumir las culpas. A pesar de que su acción sí fue intencionada, que ya no se justifican ante su “mamá”, sino ante la humanidad.

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De ánima

Publicado por caperucitaferoz en 20/07/2009

No voy a comentar mis creencias religiosas aquí (si es que las tengo), cada vez opto más por el agnosticismo porque me parece la postura más adecuada para escribir sobre filosofía. Me parece que lo es porque es una postura neutra, y a la hora de razonar la neutralidad es importante. No niego ni afirmo la existencia de esa fuerza superior, deidad, o Dios, ya que no es el caso, y no estoy capacitada para hacer ninguna de las dos cosas. Mi saber no es tan grande, ¿acaso la razón humana puede llegar a una conclusión firme al respecto de este tema?

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Además, uno no tiene que creer en eso para ser una persona buena, ni tiene que ser cristiano para querer los valores que el cristianismo promueve; sólo hace falta ser persona. Es decir, hace falta que la razón domine las pasiones (entendiendo por pasiones sentimientos tales como el deseo, la ira, la cobardía, el amor… etc) y que la inteligencia y la voluntad estén regidos por ésta… hace falta actualizar nuestras potencias adecuadamente, ser buenos hombres, ser lo que estamos llamados a ser.
No niego la dualidad ontológica, no dudo de la existencia del alma (siendo alma el ánima, aquello que vivifica a la materia), pero sí dudo de su eternidad, de su trascendencia.
(Una vez más por mi incapacidad tanto de negarla como de afirmarla. La duda es la madre de la reflexión)

Supongo que lo que realmente perdura de nosotros tras nuestra muerte son nuestras acciones, ya que marcamos la historia, intervenimos en ella. Y con ésto no quiero decir que las acciones definan al hombre centralmente, ya que no basta con observar sus acciones para comprenderlo, pero creo que éstas son las únicas que perduran en el mundo material tras nuestra marcha.
Son las únicas que dejan una estela de nuestra existencia.
Por tanto, recurriría a una frase de la Íliada:
Si quieres ser inmortal vive una vida que merezca la pena recordar

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La necesidad de reconocimiento

Publicado por caperucitaferoz en 05/07/2009

Según el diccionario de la RAE, una de las acepciones del verbo reconocer es la siguiente:  “Dicho de una persona: Tenerse a sí misma por lo que es en realidad en cuanto a su mérito, talento, fuerzas, recursos.”

Tras leer el texto acerca del pragmatismo, relativismo y pluralismo, quiero demostrar la necesidad del reconocimiento para alcanzar el conocimiento.

Este reconocimiento, ha de darse en varias fases y de diferentes maneras. Según la primera acepción expuesta, se descubre la primera fase y la primera necesidad del reconocimiento. Se trata de asumir, de reconocer la propia realidad y capacidad. Se debe aceptar, para vivir y para avanzar, pues siempre que se vive se avanza, ya que así es el sentido de la vida, hacia el futuro, hacia el horizonte lejano, que no somos capaces de lo universal. Errare humanum est.

Errare humanum est

Debemos aceptar nuestra naturaleza, en este caso falible, para poder vivir de acuerdo a ella. Como escribió Pritchett: “A man should not pretend to be other than he is.” El error de la filosofía analítica es pretender alcanzar la totalidad, sin error. Renunciar a la naturaleza humana, pretender evadirla. Por ello, el pragmatismo, orientado a la vida, me parece más acertado.

De hecho, observándonos a nosotros mismos, reconociéndonos (según la acepción “Examinar con cuidado algo o a alguien para enterarse de su identidad, naturaleza y circunstancias.”), descubriremos que ni siquiera nos conocemos a nosotros mismos en nuestra totalidad. Si el hombre es un microcosmos, comprenderemos así, que tampoco podemos acceder a la totalidad del mundo. Como diría Sándor Márai en los diarios previos a su muerte: “Vivimos en un mundo de secretos inexplicables pese al radiotelescopio, el espectroscopio, al bomba atómica y los tubos de ensayo. La ruta de los salmones, las aves migratorias…y ¿qué sabemos de nosotros mismos, del ser humano? La anamnesis no da respuestas.”

Una vez reconocida la propia naturaleza, el hombre no debe desanimarse. Debe mantener su deseo de conocimiento despierto y activo, al igual que su curiosidad. Pues el mundo es grande, y no poder acceder a la totalidad no es un límite tan cerrado. Podemos conocer mucho, a pesar de que no sea todo. Debemos dedicarnos a conocer ese mucho, según los medios que tenemos. La hipótesis, la prueba, el error, el volver a intentarlo. El conocimiento requiere esfuerzo. Tenacidad.

La segunda fase del reconocimiento se produce entonces. El conocimiento no es individual, como la verdad, que tampoco lo es. Aunque no estoy de acuerdo con que el pensamiento no pueda serlo. Afortunadamente, pues a menudo pensamos cosas insubstanciales o absurdas, o inadecuadas, el ser humano tiene intimidad en sus pensamientos. No es el pensamiento lo que es colectivo, sino el conocimiento y la verdad. No hay verdad si es individual. Se necesita el reconocimiento.

El lenguaje es el medio a través del cual los pensamientos individuales se comparten y se convierten en pensamientos comunitarios. Podemos decidir qué pensamientos compartimos y cuáles no. Pero siempre que queramos descubrir una verdad, saber si estamos en lo cierto o no, compartiremos el pensamiento en cuestión. No hay conocimiento real sin reconocimiento. Según la tercera acepción, reconocer es admitir y manifestar que es cierto lo que otra dice o que está de acuerdo con ello. Lo que es verdad sólo para uno no es verdad todavía, necesita ser una verdad reconocida. Por ello el relativismo no alcanza verdades, porque omiten el reconocimiento, y la verdad permanece individual, sin ser verdad aún. Dormida, a un paso de ser descubierta.

El conocimiento, así, es comunitario. Al igual que lo es el hombre, y precisamente porque es del hombre. ¿Por qué el hombre no alcanza la totalidad de sí mismo? ¿Por qué no lo sabe todo de sí y de su intimidad? Porque no puede conocerse solo. Necesita ser reconocido para saber quién es. Sabemos unas cuantas cosas de nosotros mismos, pero somos miopes, y necesitamos que otros ojos nos digan qué pueden ver de nosotros. El conocimiento es una tarea que requiere interés, tiempo, y como he dicho antes, esfuerzo. Por ello el conocimiento es un acto de amor. Se conoce lo que se quiere, y lo que se quiere conocer. Así, necesitamos ser amados para saber quiénes somos en nuestra totalidad.

En definitiva, creo que el pragmatismo necesita también de ese reconocimiento. Para que el nombre del pragmatismo ya no sea lo peor del pragmatismo. El hombre debe aceptar su naturaleza. Y estamos hechos para vivir. Para vivir y aceptar la muerte. Y la vida no es teórica. La vida es un acto.

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